Poco a poco, a paso lento y pesado, creia llegar. Pero tan pronto avanzaba, alguna causa desconocida me detenía. Y así volvía nuevamente al via crucis, no sé por cuanto tiempo más. Por alguna extraña razón en situaciones parecidas uno tiende a repasar asuntos pendientes de su vida. Me puse a pensar en gestiones personales pospuestas una y otra vez; un libro por leer, jugar con mis nietas, ver a mis padres… En fin todo parecía ahora eternamente pospuesto. Y en ese tránsito mental caí nuevamente en la terrible realidad de tener que invertir tanta energía en llegar. Realmente parecía estúpido que cuando más cerca estaba más trabajo me costaba avanzar. El desespero fue ganando terreno y opté por escuchar música. Encendí el radio y evadí a toda prisa los noticiarios de AM, incluso los programas de commentarios mañaneros y chistes trasnochados. Esto me hará sobrellevar este terrible tapón, pensé. Y todo fue mejor. Desde lo alto de mi guagua como todo un jeque, me dediqué a retomar los pensamienos fugitivos. No puedo negar que el ego toma dimensiones insospechadas cuando se ve todo desde una posición más alta. Y así como de liana en liana volvía a repasar mis asuntos con la música de fondo.
Pero esto no duró mucho más. A pocos pasos del semáforo para finalmente llegar a mi trabajo me quedé sin gasolina. No lo podia creer. Entonces mi impaciencia se transformó en desconcierto y luego en tratar de contestarme por qué no me había fijado que salí de casa con tan poco combustible.
Irremediablemente desmonté el vehículo y la irreverente realidad de dió en la cara una bofetá de calor. Me sentí huérfano y la mirada de los demás coductores provocaron en mí un terrible sentimiento de desamparo. Respiré hondo y me dediqué a indicarle a la gente que iba tras mí que pasara por el lado. Ya llevaba un rato en esto cuando me decidí a levanter el bonete de la guagua y encender las luces intermitentes. La violencia del ruido fue ganando terreno y mi malestar era evidente. Esa realidad que se escondía tras los cristales, en el aire acondicionado y la música agradable, se presentaba ante mí sin protocolo. El mal olor que salía de la alcantarilla cercana nunca lo había sentido en tantas veces que pasé por allí. Tan cerca y tan lejos. Lo que usualmente me tomaba dos minutos, ahora podría convertirse con suerte en una hora . Y mientras pensaba en cómo y dónde buscar gasoline, un par de ojos me miraban con curiosidad amable a la orilla de la carretera. Dio una vuelta y comenzó a olfatear unas sobras de comida que contenía un empaque de un “fast food” tirado en la calle. Esto fue suficiente para que aquel sato saliera contento con la bolsa en la boca a degustar su manjar apartado de la competencia que yo le representaba. Contemplé aquella escena de felicidad canina y mientras tanto pensaba en quien en realidad era el observador: el que vive la realidad o el que vive en la artificialidad..